Francisco
de Zurbarán. Biografía y obra
Introducción
a la vida y obra del pintor Francisco de Zurbarán
Sevilla se va
a constituir a lo largo del XVII en principal foco pictórico
de la época, alumbrando durante el primer tercio del siglo
a tres de las figuras más importantes del Barroco español,
junto con Velázquez: Zurbarán, Alonso Cano y Murillo.
De todos ellos,
será el extremeño Francisco de Zurbarán el primero
en iniciar esta nueva andadura, siendo recordado a día de hoy
principalmente como el "pintor de los monjes".

Zurbarán
se hace grande en el retrato y en la sencilla representación
de la realidad, encontrándose sin embargo en apuros cuando
tenga que lidiar con perspectivas y composiciones, que procurará
siempre que sean simples. Así, es posible observar en sus pinturas
seriadas toda una galería individualizada de rostros y expresiones,
pertenecientes a, en ocasiones, figuras monolíticas de perfiles
casi geométricos que se recortan contra fondos poco elaborados
pero que destacan por la luz que las envuelve, realzando ese característico
blanco empleado por este artífice en los hábitos.
Biografía
de Francisco de Zurbarán 1598-1664
Francisco de Zurbarán
nace en el año de 1598 en el pueblo pacense de Fuente de Cantos,
hijo de un mercero que le enviará antes de cumplir veinte años
a Sevilla, a estudiar con el pintor Pedro Díaz de Villanueva.
Una vez completado su aprendizaje, que no durará mucho, Zurbarán
regresará a su Extremadura natal, a la localidad de Llerena,
donde contraerá matrimonio por dos veces y se establecerá,
hasta la fecha de 1626 en que es reclamado a Sevilla para llevar a
cabo la ejecución de un importante encargo.
La orden de los
Dominicos deseaba una serie de cuadros acerca de la vida monástica
para su convento de San Pablo, convirtiéndose la buena realización
de los mismos en el detonante para la consecución de otro encargo
más, proveniente en este caso del convento de la Merced en
1628, transmitiendo el Ayuntamiento de Sevilla al pintor, un año
más tarde, su deseo de que se instalara de forma definitiva
en la ciudad, siendo aceptada la propuesta por éste.
Lo cierto es que
Zurbarán gozó de fama en su época, algo que propició
que nunca le faltaran los encargos, en mayor o menor medida, los cuales
se sucedieron a lo largo de los años en forma de peticiones
de grandes series pictóricas por parte de diversas órdenes
religiosas (Jerónimos, Cartujos
), aunque también
llegará a enfrentarse al tema mitológico durante la
breve estancia que pase en Madrid participando en la decoración
del Palacio del Buen Retiro, no saliendo demasiado airoso de esta
prueba, y al género del bodegón, del que se revelará
maestro.
Hacia la mitad
de su vida la desgracia le alcanzó en la forma de la defunción
de su segunda esposa (tras lo que se volvió a casar), una disminución
de trabajo y el sufrimiento de la peste de 1649, que se llevará
a uno de sus hijos, Juan el pintor.
Además,
con el paso de los años Francisco habrá de ser testigo
de cómo el nuevo estilo de un cada vez más apreciado
Murillo se va imponiendo poco a poco, en detrimento de su propia elección.
Finalmente decidirá partir de nuevo a Madrid a la vera de su
amigo Velázquez, instalándose de forma definitiva hasta
su muerte en esta ciudad, casi una década después y
rodeado de estrecheces económicas, en el año de 1664.
Principales
obras de Zurbarán
Zurbarán,
como ya se ha señalado, va a representar con una gran claridad
la religiosidad que impregnará la vida española del
s.XVII (es ésta la época de la Contrarreforma y las
órdenes religiosas habrán de salir beneficiadas de dicha
circunstancia, adquiriendo un mayor relieve), componiéndose
la mayor parte de su obra de series dedicadas a mostrar la vida monástica:
San Hugo en el refectorio, La misa de fray Pedro de Cabañuelas,
El adiós de fray Juan de Carrión a sus hermanos,
etc. La Cartuja de Jerez, San Pablo el Real, el Monasterio de los
Jerónimos de Guadalupe o la Merced de Sevilla fueron algunos
de los sitios para los que llevó a cabo sus principales series.
Su obra adeuda
los contrastes tenebristas de Ribera, protagonizados por una tendencia
naturalista típica de la época, algo que se aprecia
excepcionalmente bien en sus sencillas y táctiles naturalezas
muertas (en la actualidad Zurbarán ha sido redescubierto como
bodegonista). Sin embargo, lo más característico de
este pintor son sus representaciones de religiosos y santas, a las
que viste a la manera de la época, desplegando todas sus cualidades
como retratista y ejerciendo un dominio absoluto en rostros y telas
(a pesar de la aparente sencillez de su pintura, Zurbarán disfruta
con la suntuosidad de las telas).
Uno de sus mejores
cuadros, La visión de San Pedro Nolasco (1628), procedente
del sevillano Convento de la Merced, ejemplifica a la perfección
el lenguaje de este pintor, de una sencillez a la búsqueda
de la realidad concreta de las cosas. Formas dibujadas, distintos
tonos de blanco, contrastes entre sombras y luces, cabezas expresivas
en
un marco muy sencillo que acoge la representación de un milagro
protagonizado por el fundador de la orden.

A esta misma serie
pertenece también uno de sus cuadros más perturbadores,
la Aparición de San Pedro Apóstol a San Pedro Nolasco,
donde el santo aparece representado en una violenta posición
en escorzo, boca abajo y envuelto por un halo de luz anaranjada.
Destacable asimismo
es su representación de Santa Catalina (1640), una de
las obras más hermosas de este artista, en la que efectúa
un espléndido ejercicio de maestría en la ejecución
de los paños, las pinturas de vírgenes niñas,
caso de La Virgen niña durmiendo (1635), su temprano
Cristo en la Cruz, que tanta fama le dará, o el San
Serapio ejecutado para la Merced.
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