Escultura
del siglo XIX en España
La escultura española
del siglo XIX se corresponde con tres momentos históricos diferentes.
El reinado de Fernando VII coincide con el Neoclasicismo, el de Isabel
II con el Romanticismo y la Restauración alfonsina, en el último
tercio de siglo, con las nuevas tendencias realistas o naturalistas.

Neoclasicismo
El siglo XIX se
inicia con el movimiento neoclásico procedente del siglo anterior.
Se produce la decadencia de la escultura religiosa y cobra importancia
la escultura como elemento decorativo de la arquitectura. Su gran
mecenas será la realeza que con la construcción de sus
nuevos palacios o la reforma de los existentes hacen necesario que
se establezca la plaza de escultor de cámara.
Las Academias
serán las encargadas de la formación de los jóvenes
artistas y las que establecen concursos y becas de estudio en Madrid,
Roma o París. Se impone la rigidez académica que exige
la imitación de la Antigüedad. El resultado es una estatua
fría, que no comunica nada más que unas poses y unas
medidas.
Encontramos dos
focos artísticos. Por un lado, Madrid, a la que acudían
los artistas de otras regiones por su carácter de capital y
Barcelona, donde se crea la Escuela de la Lonja que fue un importante
centro de formación académica.
José
Ginés (1768-1823)
Supone el fin de la escultura del siglo XVIII, ya que a pesar de su
formación barroquista es sorprendentemente clasicista.
El grupo de La matanza de los inocentes del llamado Nacimiento
del Príncipe, tiene mucho de tradición barroca aunque
posee cierto academicismo. Sus figuras representan a soldados arrebatando
niños de los brazos de sus madres, mujeres agrupadas para defender
a sus criaturas, una madre desesperada poniendo el pecho a su hijo
muerto, etc.
La Venus con
el niño Cupido tapa su desnudo con un paño del que
tira, sonriente, el niño Cupido. Se observa un modelado de
gran pureza y clasicismo.
José
Álvarez Cubero (1768-1867)
Es la gran figura del neoclasicismo español. Fue escultor de
cámara con Fernando VII ocupando la vacante de Ginés.
La obra cumbre
de su madurez es La defensa de Zaragoza, que se inspira en
un episodio de los sitios. Un joven guerrero que ve caer a su padre
herido y acude en su auxilio enfrentándose al enemigo hasta
que es atravesado por una lanza.
En los temas de
la antigüedad es donde consigue sus mayores creaciones. Apolino,
Hércules luchando contra el León, Joven cisne
o El amor dormido.
Otros escultores
cortesanos fueron Pedro Hermoso, Ramón Barba y Valeriano Salvatierra.
Antonio Solá
con el Monumento a Daoiz y Velarde en la plaza del Dos de Mayo
de Madrid y Damián Campeny son los más representativos
de la escultura neoclásica en Cataluña.
Campeny
No sólo fue neoclásico en los temas, sino también
en el tratamiento y la elección de los materiales.
Lucrecia muerta
es su obra maestra. El cuerpo desplomado en la silla resbala blandamente,
la cabeza cae inerte hacia un lado y las ropas se ciñen al
cuerpo dejando ver el pecho, en el que se percibe la herida de un
puñal. Se desprende de la figura una emoción suave,
casi plácida, sin rastro de la frialdad típica de la
antigüedad.
Romanticismo
El corto periodo
romántico en escultura responde a encargos oficiales para embellecer
edificios o erigir monumentos conmemorativos. A diferencia de lo que
sucede en pintura, se caracteriza por la falta de carácter
y la desorientación. Es una época de transición,
que alterna elementos clasicistas con otros criterios que desembocarán
en un nuevo realismo.
La corte deja
de ocuparse de la escultura, a Isabel II no le interesa demasiado
el arte y se suprimen los pintores de cámara. A partir de 1845
la Academia deja de dirigir la enseñanza artística y
se crea la Escuela de Bellas Artes. Las Exposiciones Universales sustituirán
los premios y pensiones de la Academia.
Ponciano
Ponzano
Sus mejores obras son los relieves Hércules y Diomenes
y La Virgen con su hijo en los brazos.
Su San Jerónimo
aparece reclinado sobre una roca y alza el rostro al escuchar la trompeta
del juicio, mientras a su lado aparece un león que dormita.
El modelado es perfecto y la tensión interna que hace vibrar
la figura sin agitarse, contrasta con la calma del animal.
José
Gragera (1818-1897)
Es la representación más clara del romanticismo en nuestro
país. Su monumento a Juan Álvarez Mendizábal,
inicia un nuevo estilo de estatua que abandona las togas y las cabezas
a la romana, para cuidar del parecido con el representado. Lo dota
de ropa moderna, no estilizada y tratada con sobriedad.
Su otra gran obra es el Don Simón de Rojas Clemente.
Realismo
Lo entendemos
como la inspiración directa en la realidad que nos rodea.
Los escultores
que en el último tercio del siglo XIX asimilaron la corriente
naturalista son más abundantes.
Ricardo
Bellver (1845-1924)
Es el autor del Ángel Caído, monumento que se
encuentra en el Parque del Retiro de Madrid. Es un hermoso desnudo
juvenil que representa al diablo. Se encuentra sobre un tronco seco,
con sus grandes alas abiertas y una serpiente enrollada en el cuello.
Su rostro se crispa como grito desesperado mientras con la mano intenta
librarse del rayo que lo derriba. Bellver supo ser muy cuidadoso y
expresivo sin caer en detallismos excesivos.

La evolución
realista irá derivando en un naturalismo detallista y minucioso.
Se copia del natural, sin dejar espacio a la imaginación, llegando
a caer veces en lo desagradable y repelente o en la sensiblería.
Todo esto conducirá al movimiento fin de siglo conocido como
Modernismo.
Mariano
Benlliure (1862-1947)
Puede
ser considerado como el puente con el Modernismo.
Una de sus esculturas
decorativas más modernistas es el grupo alegórico
que corona el edificio de La Unión y el Fénix.
Entre sus monumentos
destaca la estatua ecuestre del General Martínez Campos.
Una estatua antiheroica, de realismo casi fotográfico. El jinete
cabalga pesadamente, con el capote abrochado al cuello y flotando
sobre sus hombros, mientras el caballo, que ha detenido su marcha,
vuelve la cabeza para rascarse.
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